miércoles, 24 de julio de 2013

Miércoles blanco

¿Y cómo expulsar la rabia contenida? Grite, dele puños a una almohada, llore hasta que la saliva le tape la garganta, acabe con un árbol a punta de hacha, péguese cabezazos contra la pared y ábrase una "chamba", trapee la casa, ralle con las llaves un carro ajeno, lávese las manos con lavaplatos y lejía hasta que le sangren, putee y reputee a enemigos y amigos por igual, maldiga la perra vida que le tocó, cosa, trote, tome leche tibia, lea, coma, vomite, coma y vomite, culebree entre carriles e insulte a quienes le pitan, empiece un pleito en un bar, medite, suplíquele a dios que se lo lleve... Haga lo que quiera. Déjeme decirle que, en mi experiencia, existe una rabia adecuada que es purificadora, casi sagrada: nos recuerda que somos humanos muy animales; libera un moco oscuro y espeso que se lleva lo peor de nosotros y que deja un vacío que se puede llenar con sentimientos más "correctos" y nos permite separar los afectos leales de aquellos que no lo son tanto (el furioso crónico es bastante difícil de amar). Por lo tanto, le aconsejo lo siguiente: déjese contemplar de su rabia, como si fuera una nana; sáquela de vez en cuando, como si fuera una mascota y aprenda a convivir con ella, como si fuera un vecino ruidoso. Entonces, sólo entonces, se cansará y lo dejará tranquilo. Eso sí, no la esconda, si no quiere verla brava de verdad.

viernes, 21 de junio de 2013

Helados culpables

"¿Qué es un adiós, sino la promesa de huir para siempre? Algunos no entienden eso". La señorita Olivia se preguntó esto mismo durante todo el rato en que intentó esconderse de él. Detrás de las columnas del centro comercial trató de evadir esa mirada estúpida que la seguía por todas partes. Entró a tiendas que no le gustaban, preguntó precios de cosas que no le interesaban, comió helados culpables, se probó zapatos incómodos, habló con desconocidos anodinos, fingió llamadas eufóricas por celular, se volvió invisible. Pero no. El hilo frío de esos ojos incómodos, que alguna vez la desvistieron, la alcanzó todas las veces y le dio latigazos en la espalda, mucho tiempo después de haberlo perdido de vista.

sábado, 25 de mayo de 2013

La espera

Petidinas, quetidinas, quetiapinas, lorazepanes, ativanes, sinoganes, tramadoles. Al final, me dieron la oportunidad de irme de este mundo sin el dolor de la clausura. Lo contrario, creo que me mataría (¡Jua!). Al pie de mi cama, ella: lleva mucho rato esperándome, paciente.

Siempre la conservó (la paciencia), a pesar de las tantas veces en las que se la saqué a golpes. Pero eso ya no, allá no importan esas pataletas, me dice ella, sólo es grave para los de este lado. No me canso de contemplarla. De los hijos, la niña no se le parece porque salió más a mí, invisible y encogida; el niño sí es la copia al carbón, resiliente, incansable. Ella me dice que ya, que vamos pues, que deje de "ronciar", que nos aguardan los demás, que apure, que allá es mil veces mejor, pero como que no me convence del todo. Le digo que espere. "Bueno, después" - me mira con esa expresión de angustia feliz que tanto me cabreaba - "Voy a dar vuelta por allá y regreso, espéreme aquí quietico", me dice la jodida, burlándose. Se va, y en su lugar, la que me habla como si fuera un bebé sordo y anciano y tarado: "Llegó la hora de que te tomes lass pastillitass de dorrmirrr, don señooooorrrr", llovizna de babas en mi frente.

Al rato vuelve, muerta de la risa al pie de mi cama, con su vestido azul rey y su carita pecosa y angustiada, feliz y golpeada. Estira sus brazos hacia mí, estiro mis brazos hacia ella y entonces la droga hace efecto. Hoy tampoco fue. Hasta mañana.