martes, 17 de mayo de 2011

Maria Cristina, primera parte- De la serie: Mujeres-

Desde que la retaron a meter el dedo en el orificio de bala de un muerto cuando tenía diez años fue temeraria. Le paró la caña a su joven retador y hundió el dedo índice, sin ascos ni pucheros, en el hueco del corazón del bandolero, uno de tantos malosos que llegaban con los pies por delante a la Alcaldía del pueblo en aquellos días sangrientos. Sus compañeros (todos niños) la miraron con asombro y reverencia, sin poder creer que esa pequeña mujercita se atreviera a tanto. El encargado, distraído en sus labores, no prestaba mayor atención a los revoltosos; de hecho, sabía lo que estaban haciendo y se hacía el loco porque, al fin y al cabo, era el único entretenimiento secular en ese moridero godo. Cuando sacó el dedo, todos aplaudieron y vitorearon su nombre: María Cristina, hija de un carnicero cachiporro, reina invencible de los muertos.

Su leyenda no se hizo esperar: que era la única que podía salir de noche a recorrer las calles con el animero sin convertirse en estatua de sal; que se iba al cementerio a hacerle trenzas a las momias que nadie reclamaba (eso sí era verdad); que se le podían pedir gracias y favores para que intercediera ante los difuntos (su madre no lograba ni que le hiciera el favor de ponerse un vestido); que cuando entraba en trance hablaba en lenguas misteriosas y lejanas que develaban los secretos del más allá...el mito se extendió hasta los pueblos vecinos en un tiempo inusualmente corto para una sociedad sin Internet. Tenía lógica considerar su inmortalidad, pues a los tres años sobrevivió al disparo accidental de su hermano mayor, que la persiguió con la pistola del papá cuando le robó unos mamoncillos.

Sin embargo, su fama de santa fúnebre perdió fuerza a manos, o mejor, en boca del padre Aguilar, quien se dedicó a pulpitear todos los días con duras consignas y promesas de fuego eterno a quienes siguieran alimentando tamaña herejía. Prohibió las romerías con ofrendas a la casa de la idolatrada, a pesar de que su familia nunca las recibía, por miedo al castigo divino y porque, honestamente, solo llevaban carne y de eso ya tenían bastante. La madre y los hermanos se consumían de la vergüenza en cada liturgia oyendo graznar al enfurecido cura y bajaban la cabeza en señal de penitencia, más por pena con las vecinas que con Dios. Suficiente tenían con el patriarca, montando borracho a caballo cada domingo y gritando en plena plaza principal: "!Que viva el partido liberal!", para además tener que preocuparse ahora por la más díscola de sus hijas.

Y ella ahí, sentada en la banca de la iglesia, no entendía el porqué de tantos remilgos; si la retaron, tenía que responder, más cuando el retador era ese niño monito con el que se peleaba siempre, pero que desde ese día la miraba distinto, como raro...y le gustaba.