miércoles, 24 de julio de 2013
Miércoles blanco
¿Y cómo expulsar la rabia contenida? Grite, dele puños a una almohada, llore hasta que la saliva le tape la garganta, acabe con un árbol a punta de hacha, péguese cabezazos contra la pared y ábrase una "chamba", trapee la casa, ralle con las llaves un carro ajeno, lávese las manos con lavaplatos y lejía hasta que le sangren, putee y reputee a enemigos y amigos por igual, maldiga la perra vida que le tocó, cosa, trote, tome leche tibia, lea, coma, vomite, coma y vomite, culebree entre carriles e insulte a quienes le pitan, empiece un pleito en un bar, medite, suplíquele a dios que se lo lleve... Haga lo que quiera. Déjeme decirle que, en mi experiencia, existe una rabia adecuada que es purificadora, casi sagrada: nos recuerda que somos humanos muy animales; libera un moco oscuro y espeso que se lleva lo peor de nosotros y que deja un vacío que se puede llenar con sentimientos más "correctos" y nos permite separar los afectos leales de aquellos que no lo son tanto (el furioso crónico es bastante difícil de amar). Por lo tanto, le aconsejo lo siguiente: déjese contemplar de su rabia, como si fuera una nana; sáquela de vez en cuando, como si fuera una mascota y aprenda a convivir con ella, como si fuera un vecino ruidoso. Entonces, sólo entonces, se cansará y lo dejará tranquilo. Eso sí, no la esconda, si no quiere verla brava de verdad.
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