sábado, 25 de mayo de 2013

La espera

Petidinas, quetidinas, quetiapinas, lorazepanes, ativanes, sinoganes, tramadoles. Al final, me dieron la oportunidad de irme de este mundo sin el dolor de la clausura. Lo contrario, creo que me mataría (¡Jua!). Al pie de mi cama, ella: lleva mucho rato esperándome, paciente.

Siempre la conservó (la paciencia), a pesar de las tantas veces en las que se la saqué a golpes. Pero eso ya no, allá no importan esas pataletas, me dice ella, sólo es grave para los de este lado. No me canso de contemplarla. De los hijos, la niña no se le parece porque salió más a mí, invisible y encogida; el niño sí es la copia al carbón, resiliente, incansable. Ella me dice que ya, que vamos pues, que deje de "ronciar", que nos aguardan los demás, que apure, que allá es mil veces mejor, pero como que no me convence del todo. Le digo que espere. "Bueno, después" - me mira con esa expresión de angustia feliz que tanto me cabreaba - "Voy a dar vuelta por allá y regreso, espéreme aquí quietico", me dice la jodida, burlándose. Se va, y en su lugar, la que me habla como si fuera un bebé sordo y anciano y tarado: "Llegó la hora de que te tomes lass pastillitass de dorrmirrr, don señooooorrrr", llovizna de babas en mi frente.

Al rato vuelve, muerta de la risa al pie de mi cama, con su vestido azul rey y su carita pecosa y angustiada, feliz y golpeada. Estira sus brazos hacia mí, estiro mis brazos hacia ella y entonces la droga hace efecto. Hoy tampoco fue. Hasta mañana.

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