Una pila de papeles en el escritorio. Cuentas de cobro, recibos y facturas. La señorita Olivia los escupió y los apretujó en un zurullo, con perrería; después se arrepintió y con mañita, volvió a plancharlos con sus dedos ásperos. No encontraba el que necesitaba por ninguna parte, qué se le haría. Ya estaba a punto de vencer esa letra y ella tan buena paga, que nadie dijera lo contrario. Echó cabeza y no recordaba la última vez que la vio, pero tenía claro que no había botado un papel tan importante porque siempre, todos los días con sus noches desde hacía nueve años, renegaba de ese maldingo trozo de cartón rayado. Y si, no le estaban cobrando directamente, pero ella igual pagó sus cuotas a tiempo...muchas veces dejando de comer, de dormir, de comprarse calzones y hasta de respirar para poder cumplir. Nadie la mandó a meterse en esa deuda, ella solita la contrajo y ella solita tenía que responder.
Sorbió despacio su café destapacañerías y se quedó mirando la taza mientras lo saboreaba. Siempre la reconfortó ver ese hilito de líquido oscuro que se desprendía de la marca de sus labios, emprendiendo un viaje en línea recta y sin escalas hacia el sur. Ojalá pudiera ella también irse nadando allí y ser absorbida, al arribar, por el portavasos de tela. Así por lo menos no tendría que pensar en otra cuota más, en la última, en la más difícil de pagar. Porque sí, se acababa la obligación pero también la devoción: ya no más desvelos, ni ropa prestada de las amigas, ni sobrados con galletas Saltinas; ya no más llorar por iliquidez, ni rogar para que le den placito (déjame hasta la otra quincena porfa), ni esperar en la puerta la llegada inminente del chepito, como una novia en celo. Nada de eso, nunca más; de ahí en adelante, la libertad. Aterradora.
Tambien me gustó. Dice Dostoevsky, que el ser humano ama las cadenas. La necesidad en algunos de estar siempre mal. /Alejo CT
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