martes, 1 de marzo de 2011

Barcelona

La señorita Olivia se miraba en las vidrieras fragmentadas de aquel edificio frente al mar. Su cara de niña buena se partía en mil caritas diminutas y su cuerpo, menudo y desigual, aparecía huesudo en algunos de los ventanales y entradito en carnes, en otros. Se sentía como en una atracción de parque, en la casa de los espejos o algo parecido, así debía de ser aquello. Adentro la observaban, curiosos, pero ella no los veía, encantada como estaba con su pequeña coreografía de mil danzas acompasadas y graciosas...su ejército personal de coristas, todas igual de lindas y simpáticas. El paseo marítimo estaba casi desierto a esa hora, por lo que los transeúntes entrometidos no le preocupaban mucho y el mar, el mar la saludaba con un aliento salado y fresquito, llenando su piel y trabándola un poco. El sol, el sol en la mitad se cubría a ratos con una nube cercana- como tapando sus vergüenzas fulgurantes- y se desnudaba sin previo aviso, insolente exhibicionista celestial. Las gaviotas, las gaviotas, benditas escandalosas, volaban cerca de la orilla cortando el aire mudo con su quejido áspero. Una delicia de día. Sí que sí. 

De repente le hablaron a ella, a la señorita Olivia; eran varias voces al mismo tiempo, por lo que en principio no logró entender nada. Dejó de bailar y escuchó atentamente: murmullos...algo sobre entrar...entra ya, es hora, eso decían. ¿Quiénes eran? ¿Entrar adónde? El lugar estaba solo ahora. Quedaban ella, ella y sus coristas de espejo. Tampoco podía oír a los del interior del edificio desde allí, menos si hablaban entre murmullos. Intentó continuar su danza, pero insistían, insistían, entra ya, es hora, entra ya, es hora...empezó a cabrearse, empezó a sudar, empezó a ¿desvariar? el porro que se fumó por la mañana era regular y sólo le había dado dos pitazos, así que no podía ser eso. Se olió los sobacos, a lo mejor tanto baile la había deshidratado -snif snif - no era eso tampoco. Pensó en preguntar a los del edificio, pero entonces se dio cuenta de que sus sandalias blancas de tiritas estaban pegadas a los tablones de madera del piso. Parálisis fría, parálisis pálida. 

Las voces se tornaron impacientes y seguían reclamando nosequé. Las oía, las oía y la impaciencia la invadía también, quería darles gusto para que la soltaran !Pero qué carajos,si no sabía sobre qué o cómo o por qué o cuándo! Hasta que levantó la mirada y las vio. A las coristas, a las pequeñas Olivias que seguían ahí, bailando tan graciosas en sus cubículos vidriosos pero ahora a su aire, a su ritmo, unas salsa, otras reggae, otras reggaeton, gas...bailaban y la miraban y se reían de felicidad y le murmuraban las mil, unas huesudas, otras entraditas en carnes, que era hora, que tenía que entrar. La señorita Olivia entendió entonces, solo entonces, que no, que no iba a hacerlo. Todas hermosas, todas amables y risueñas y amorosas, iba a vivir sus vidas una por una y a no decidirse nunca por ninguna para no quedar incompleta, por siempre, sin sus mil caritas de niñas buenas y sus mil danzas graciosas. Así que no lo hizo. No se fue. No decidió nada, no entró en ninguna parte y se quedó mirándolas, sus sandalias de tiritas pegadas a las tablas del paseo marítimo. 

Afuera, el mar lanzó un eructo dulce. Adentro en el edificio la observaban, curiosos. Contemplaron por largo rato a la señorita Olivia, que se fijaba extasiada en el infinito con la camisa babeada. Se cansaron de aquello, apagaron la luz, cerraron las puertas y se fueron a sus casas.

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