miércoles, 20 de abril de 2011

Un atisbo

Se escondió tantas veces como pudo, pero la realidad siempre la encontró. Se empeñaba en demostrarle que no había escapatoria, que por más que lo intentara nunca estaría a salvo de ello. Su timo se retorcía de dolor, la encogía, le reclamaba una explicación válida que justificara el daño que le infligía a toda hora y sin razón, pero ella no tenía ni idea del por qué.  Decidió entonces rendirse de una vez por todas, fluir, dejarse morir. De pronto iba al cielo y descansaba y veía a su mamá y se dejaba contemplar de nuevo y el ahogo desaparecería para siempre. Pero, al llegar, la hicieron devolver. "No es tu turno", le dijeron. Al regreso, ya no le importó nada nunca más, porque pudo ver lo que había al otro lado y sólo era más de lo mismo.

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