Lo hacía al escondido a cada rato, sin que la mamá se diera cuenta. Con el dedo índice, blanquito y pulidito, fondeaba las paredes llenas de vellos, que le pinchaban la yema y le producían un inexplicable cosquilleo en el estómago. Esa uña era más larga que las otras. Una conquista importante, teniendo en cuenta que cada semana tocaba revisión de manos y que cualquier extensión no autorizada se cortaba y limaba con una devoción implacable. Logró convencerla con el argumento de que era para las clases de guitarra, para el punteo, entendé, los grandes maestros clásicos la tienen así o ¿es que preferís que me quede tocando charranguiado mejor? Entonces ella le dio permiso aunque siempre con un asomo de duda porque, la verdad, desde la cocina no es que escuchara ensayos muy seguido.
Entonces el dedo. Seguía, se iba hacia adentro, abriéndose paso entre la piel rugosa de la entrada. El centro era algo seco pero en las esquinas se formaban unas costras pegotudas y maleables imposibles de resistir: daba un brinco al arrancarlas con la uña “del punteo” y sí, molestaba un poquito, pero valía la pena. Con ese trofeo bien agarrado por el borde hurgaba el fondo. Era la mejor parte, con el lecho blando que cedía al tacto y de donde emanaba la masita suave y cremosa, fuente de las delicias pasadas y por venir. De ahí en adelante, el abismo insondable; aventurarse más allá era incómodo, como perder la virginidad con cada arremetida… pero lo hacía de todas maneras porque el dolorcito y la sangre le daban un sabor a purga, a redención instantánea del pecado aún en flagrancia. Así, si la mamá llegaba a descubrir aquello alguna vez, le mostraría el dedo ensangrentado y baboso para rebajar su condena.
Entonces la masita. Esta vez no fue tan fácil sacarla. Lo intentó dos veces, presionando hacia abajo con la yema y enterrando la uña en la piel para después jalar, pero se resistía, como si estuviera tan cómoda en ese ambiente húmedo y caliente que no quisiera irse. A la tercera logró desprenderla enterita, se vino enredada, y al salir de aquel túnel el roce le provocó mini espasmos hasta la coronilla. Hasta se orinó un poquito, mmm. Contempló el botín por unos segundos, era como más carnudito esta vez, pero igual de suculento. Sin más demora, masita y costra fueron mezcladas en una bolita casi perfecta y pegadas por debajo del porta partituras. El crimen perfecto, el criminal perfecto. No, que no le vinieran con el cuento de que eso tan bueno lo estaba embruteciendo.
Al rato se puso a practicar guitarra. Un arranque de culpabilidad, tal vez. Pero arriba, en su cuarto, los acordes no sonaban bien. Qué raro. Los dedos, más torpes que de costumbre; las notas trastabillaban sin sentido en el pentagrama, pero si ya se las sabía...un escalofrío lúcido le recorrió el cuerpo. De pronto había algo de cierto en todo ello y estaba sacándose trocitos de su cerebro que ahora adornaban el mueble, resecos e inertes. Después de todo, el color del último era gris, una pista importante. Sin pensarlo mucho, arrancó las bolitas diminutas y se las tragó sin masticarlas, bueno, menos la última que todavía estaba fresca. Sabían a neuronas, a inteligencia y a virtuosismo musical. Estuvo cerca, de ahora en adelante no más perder el tiempo. A ensayar.
Abajo, en la cocina, la mamá escuchaba complacida la melodía medio charranguiada. Sirvió tanta cantaleta, pensaba, mientras pegaba una bolita perfecta en una esquina del cajón de los cuchillos.
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